4 de septiembre de 2010

Iglesia de San Juan de Letrán, Roma

Junio de 1209.

Agotado tras largas horas de sufrimiento, su cuerpo desnudo y maltrecho, colgaba atrapado por unos viejos grilletes pegados a lo que en un principio era la pared de una fría mazmorra y ahora creía era el infierno .No entendía la situación, que hacia allí, como había llegado ni quienes eran aquellos monstruos que le torturaban sin piedad. No entendía las preguntas que una y otra vez le hacia aquel extraño encapuchado desde el fondo de la sala.

Recordaba extrañado que estaba en casa de su hermana, de visita tras largas jornadas de caminar e impartir la palabra de Dios. Se acostó caída la noche tras despedirse de los sus sonbrinos puesto que pensaba marcharse de madrugada y no les quería despertar. Algún hechizo del diablo le hizo despertar en aquella mazmorra que en un principio se le mostraba en movimiento por los efectos de los sedantes que durante el secuestro y el viaje le suministraron sus captores.

No sabia si era por el cansancio o por que a su cuerpo no le quedaba sensibilidad pero ya no le dolían ni los dedos rotos, ni las quemaduras de hierros incandescentes, ni la piel abrasada por aceites calientes, ni los golpes, ni siquiera los finos cortes que le surcaban el torso desnudo .No recordaba el escozor del baño con agua salada que, pocos minutos antes de la pequeña tregua que ahora disfrutaba, le habían dado.

Sintió como de nuevo la puerta se abría y entraba en la oscura mazmorra su interrogador. Sus secuaces, agachados al fondo de la sala, se levantaron de un salto dejando la comida por la que se estaban peleando y acudieron solícitos a los pies de su señor. Eran dos seres deformes, de poca estatura pero muy musculados, de mirada siniestra, loca. Uno sordo, con las orejas cortadas y en su lugar la cicatriz del hierro candente, el otro mudo, sin lengua. A uno le faltaba el ojo derecho al otro el izquierdo.

El interrogador, sin embargo, no parecía deforme, pues, aunque en todo momento se ocultaba bajo una pesada capa y cubría su rostro con capucha, la forma de su cuerpo y de su caminar, no mostraba parecido con el de sus compañeros. El encapuchado se sentó en la butaca desde la cual dirigía el interrogatorio, rodeado de caros inciensos para no tener que soportar el hedor que flotaba en el ambiente y siempre frente al fuego para mantenerse caliente y a resguardo de la fría humedad de la sala. Por señas dio ordenes a los dos monstruos que se postraban ante el. Estos con extraño ruidos y macabras sonrisas las aceptaron de buen grado y, tras coger una pesada hacha, se marcharon corriendo por una puerta en la pared de la izquierda. Se hizo el silencio, solo interrumpido por el crepitar del fuego y la respiración costosa del encadenado.

A los pocos minutos regresaron a la sala. El sordo llevaba en sus manos una gran bandeja con varios bultos tapados con una sucia manta, su compañero deposito el hacha, ahora ensangrentada, contra la pared y sonriendo le mostró las manos manchadas de sangre a su señor. Este asintió y señaló la mesa donde estaban los artilugios de tortura, indicándoles que colocaran allí la bandeja y luego la pusieran frente al prisionero.

Sangre fresca caía de la bandeja al suelo y de nuevo el miedo volvió a espabilar al torturado. Que nuevo instrumento de tortura le traían, que significaba aquella sangre.

Uno de los monstruos se retiró y el otro permaneció junto a la mesa esperando instrucciones de su amo. Se le notaba excitado, expectante, no dejaba de mirar al bulto y a su señor a la vez.

El encapuchado inspiró profundamente. En sus manos, oculto entre las largas y anchas mangas de su disfraz, se movía por sus dedos un lujoso rosario –Bien señor perfecto – dijo con sorna, remarcando la palabra perfecto – a la vista de que usted y los anteriores como usted no han sabido o no han querido contestar a mis preguntas he decidido tomar otras medidas de presión.

“Otros como usted “.Aquellas palabras trajeron a la memoria del maltratado la conversación que escucho días atrás a varios compañeros sobre la desaparición en los últimos meses de algunos perfectos en diferentes lugares del Albiges. Ahora sabía que les había sucedido a aquellos siervos de Dios.

- Le aseguro que estas medidas de presión no son de mi agrado, pero la misión que debo llevar a cabo me urge y la poca colaboración me obligan a ellas- Con un gesto de la mano ordenó al sirviente destapar el bulto.

El grito del torturado resonó por toda la sala, mientras, con sus últimas fuerzas intentaba escapar de sus grilletes con la intención de abalanzarse sobre aquellos seres.

El inútil esfuerzo lo extenuó y quedó colgado de los grilletes, vomitando la poca bilis que le quedaba en el estomago. El monstruo, con el trapo ensangrentado aun en las manos, se retiraba entre extrañas carcajadas al rincón donde su compañero le esperaba.

Dejaba atrás la mesa frente al desconsolado preso, donde descansaban las cabezas de su hermana, su cuñado y su sobrino de apenas nueve años. Las tres cabezas le miraban con muecas de dolor y de los ojos del pequeño parecían brotar unas ultimas lagrimas de miedo.

- Ellos no seguían mi fe – susurro entre sollozos – No le hicieron daño a nadie – seguía diciéndose a si mismo.

Como te he dicho – le cortó el encapuchado – son métodos que no me complacen en absoluto, pero me he visto obligado.

Maldito Satanás, arderás toda la eternidad, te juro por lo mas sagrado… - el puñetazo del sordo, que se había abalanzado sobre el con rapidez, le hizo callar.

Tenia entendido que vosotros, los perfectos, no podíais jurar – Sentía satisfacción de aquel cambio, todos los anteriores murieron sin darle una respuesta a sus preguntas. Este, sin embargo, seria diferente y todo gracias a los nuevos métodos – Como veis solo son tres cabezas.

Las niñas- dijo reaccionando de inmediato, tensando el cuerpo – donde están, no les hagas nada, son inocentes, solo son niñas –clamaba con lagrimas en los ojos.

Tus niñas están en esa mazmorra de tu derecha-dijo señalando con las anchas mangas una pesada puerta-Si colaboras no les pasará nada, si no colaboras, he de decirte que mis dos sirvientes estarán encantados de que les de permiso para jugar con ellas. Te aseguro que no deben ser juegos nada divertidos para gente normal como nosotros.

Colaboraré, le diré todo lo que sé, cuales eran las preguntas, no les hagan daño, responderé- decía atropelladamente.

Cálmate, respira hondo –la satisfacción crecía. Hizo unos movimientos con la mano y el mudo se levanto renegando, llenó un vaso con vino y se lo dio ha beber al torturado.

Mejor ahora, si colaboras no tienes nada que temer.

Colaboraré, colaboraré, pregúnteme- le decía desesperado viendo como aquel encapuchado daba ordenes con señales a sus dos secuaces. Uno tapó y retiró las cabezas de la mesa, el otro añadió leña al fuego, que cobro nuevo bríos.

Empecemos” se dijo a si mismo el encapuchado aferrando con fuerza el crucifijo de oro y piedras preciosas del oculto rosario.

Dime pues; tienes tú o conoces a alguno de los tuyos que posea una reliquia de gran valor, inmenso valor, para la iglesia de Roma- fue la primera pregunta.

No, no sé - decía dubitativo – no recuerdo haber escuchado nada de reliquias, nosotros no creemos en reliquias.

Silencio – grito el encapuchado ante la primera respuesta negativa – conoces a algún perfecto que haya otorgado vuestro llamado consolamentum a un moribundo caballero de la orden del temple.

No, no conozco… de todas las preguntas que me hizo antes no sabría contestarle ninguna.

Silencio – se levanto el encapuchado de su butaca, le temblaban las manos que, ahora, le sobresalían de las mangas dejando al descubierto el precioso rosario y varios anillos de gran valor en su mano derecha. Al perfecto le llamo la atención uno en especial. Al momento se le abrieron los ojos como platos, sabía quien era su torturador.

Dime maldito embustero, hereje, adorador del diablo, no conoces a ninguno de los tuyos que sea especial, que posea algo especial, ninguna habladuría, algo extraño o extraordinario que te hayan contado – grito con ira mientras se le acercaba dejando a un lado el fuego.

Se hizo el silencio. Los monstruos temblaban agazapados en un rincón, el perfecto asimilaba la pregunta, la imagen del anillo, sus sobrinas en la mazmorra. El encapuchado esperaba desesperanzado una respuesta. Vencido por la decepción volvía a la butaca.

Su Santidad, creo que a esa última pregunta le puedo contestar.

De nuevo el silencio se hizo en a sala, el aludido se giro, guardo el rosario en un bolsillo interior y se acerco al perfecto, ante el se descubrió. No reconocía a aquel que le llamaba Santidad, no recordó una tarde en la universidad de París en la cual un compañero le presentó a un rechoncho hijo de noble occitano unos años menor que el y que estudiaba, al igual que el, derecho. Sin embargo aquel estudiante le recordaría toda la vida sobre todo por los anillos que lucia en todo momento, por su manera de comportarse, por los acertijos y juegos de palabras con los que se burló de el en el poco tiempo que duro aquella conversación. Conocía también lo que el futuro la había deparado. Inocencio III, Papa de la iglesia de Roma le miró directamente a los ojos. En la mirada de uno se veía codicia, en la del otro, desesperación.

Y bien, que me tienes que contar.

Antes que deciros nada, quiero que juréis, con las manos puestas en la cruz, que a mis sobrinas no les pasará nada, y que tendrán protección de la iglesia, de la cual usted es su máximo dignatario, durante el resto de sus vidas. Yo sé que de esta sala no saldré vivo y estoy preparado para ello, pero a ellas no debe pasarles nada. Me lo tiene que jurar por nuestro Dios –finalizo el prisionero.

Sin vacilar, Inocencio III saco de nuevo el rosario y cogiendo el crucifijo con ambas manos lo levanto sobre su cabeza – Juro ante Dios que a estas niñas, familiares del aquí presente, las protegerá la iglesia que yo represento aquí en la tierra, de cualquier mal, el resto de sus vidas. Dicho esto guardo el rosario y con paso inseguro se fue de nuevo a su butaca.

Habéis dicho si conozco alguna habladuría que haya escuchado. He escuchado algo sobre un perfecto al que llaman el Verdadero. Dicen que vive solo y únicamente bebe agua de vez en cuando y come pan una vez por semana y que así se conserva fuerte como un toro y fresco como una rosa. Me contaron que algunos han querido seguirle pero a los pocos días han caído enfermos por no comer. Lo último que escuche fue sobre un milagro, algo así como que devolvió la vista a un judío ciego y que luego este judío se convirtió a nuestra fe, pero ya le digo que no lo creo pues no me gusta atraer a mi fe a la gente con mentiras o habladurías.

Cual es el nombre de ese verdadero – pregunto el Papa con un tono excitado.

Lo desconozco, no me interesó la historia y no le presté demasiada atención.

Sabréis por lo menos de donde es.

Dijeron que era de Beziers, pero ahora vivía escondido no se sabe donde, desapareció tras lo del judío. También decían que caminaba sin descanso y lo mismo un día estaba en Minerve que a los pocos días estaba en Montsegur.

Algo cambiaba en el ambiente, el Papa estaba tenso, pensativo. Pasaron los minutos, volvieron a dar de beber al preso a una orden silenciosa del amo, nadie hablaba. Por fin Inocencio III se levanto de su asiento, con la cara más relajada, se puso a caminar ante el perfecto dando paseos de una pared a la otra.

Hace unos años – empezó a explicar – la iglesia se consiguió infiltrar en la cúpula de la orden del temple, esos caballeros ostentan ya demasiado poder, así que de esta manera el Papa estaría informado de todo lo que aconteciera en sus reuniones y con el tiempo también tendría voz y voto aunque los caballeros no lo supieran. Cuando mi infiltrado se gano la confianza del gran maestro y nadie dudaba de el, fue invitado a una reunión al mas alto nivel. De dicha reunión me llego la sorprendente noticia de que la orden custodiaba en su comanda de Chipre, bajo el mas estricto secreto, ciertas reliquias encontradas en las ruinas del antiguo templo de Salomón. Inocencio cambio el tono de voz, conversaba consigo mismo sin percatarse de donde estaba ni con quien estaba, su mente no paraba de atar cabos para darse a si mismo una explicación convincente del por que de todo lo que había sucedido. En un principio me extraño y quise pedirles explicaciones del por que no se informo y entrego en su día el fabuloso tesoro a quien en realidad le pertenece y por qué este desprecio a su gran benefactor, Yo que tanto les he apoyado y ayudado. Hizo una pausa mientras contemplaba al despojo de persona que colgaba de los grilletes, pensó que era una pena que no fuera un templario, mejor el maestre Plaissiez, por el que tanto había hecho. Así pagaría la osadía que había cometido.

Decidí actuar a través de mi infiltrado y al tiempo les convencí de que Chipre no era el lugar más apropiado para proteger las reliquias, que era mejor tenerlas en la gran comanda de París. Dividieron el tesoro y pensaron llevarlo a su destino por diferentes caminos. El primer envió era el mas importante, así que mande a un grupo de mis mas fieles servidores a su encuentro.

Como todo era en secreto los templarios trajeron escoltada la reliquia por un pequeño grupo de caballeros. Sin duda eran de los mejores pues mis hombres, que eran fieros combatientes y les triplicaban en número, cayeron en el combate. Por esa razón no tuve noticias de lo sucedido aquella mañana y mi infiltrado, claro esta, tampoco podía arriesgarse a ser descubierto. El tiempo pasó, el resto del tesoro llego a Paris por mar a través del puerto de La Rochele y yo continué sin noticias.

Sabia que tenían el tesoro en Paris y no podía pedirles que me lo entregaran pues habrían entendido que yo era el instigador del ataque a sus caballeros. Estaba atado de pies y manos así que decidí esperar. Hace un par de años se curo la herida de desconfianza que existía en la cúpula de la orden y por fin supe lo que sucedió tras el ataque de mis servidores. De la encarnizada emboscada solo sobrevivió malherido el caballero que portaba la reliquia. Viendo en la situación que se encontraba decidió desandar el camino y regresar a la comanda de Colliure, donde días antes habían desembarcado, pero la gravedad de la herida le estaba dejando sin fuerzas y sabiendo cercana la muerte decidió pedir a alguien que le ayudara.

La casualidad hizo que ese alguien fuera uno de los tuyos, un perffait. El muy loco le entrego el cáliz de cristo a un hereje. Junto las manos y agacho la cabeza - Perdóname señor, hago todo lo que esta en mi mano, pronto lo recuperare – Se santiguo y reanudo el paseo y la historia.

El hereje llevo el cadáver a la comanda de Colliure siguiendo las instrucciones que le dio el difunto en sus últimos momentos de vida. Les contó a los caballeros como lo encontró y lo que le dijo, pero por lo visto no menciono nada del cáliz. Los caballeros le agradecieron el esfuerzo y tras esto el se marcho y con el todo rastro del cáliz. El muy ladrón había robado a un muerto y se escapaba impunemente.

Semanas mas tarde los despojos de los cuerpo de mis hombres que yacían repartidos por el bosque y los cuerpos de los caballeros que habían sido recogidos y enterrados en Colliure fueron exhumados y registrados ante la atenta mirada del gran maestre Plaissiez. Al no encontrar lo que buscaba decidió designar a dos caballeros, que conocía de años atrás y le eran del todo fieles, en la misión de encontrar al perffait y el cáliz. Estos caballeros, que solo responden ante el gran maestre, a día de hoy siguen buscando al hereje que como tu bien has dicho desapareció. Así que tu fabula del verdadero para mi es del todo creíble. Tomo aire y beso el crucifijo del rosario que hacia rato daba vueltas, otra vez, entre sus dedos.

El torturado escuchaba anonadado y los engendros miraban extasiados como su amo seguía paseando por la mazmorra, hablando.

Tú me has indicado el lugar por donde debo buscar con más ahínco a ese verdadero – Se paró a pocos centímetros el perfecto y se miraron fijamente a los ojos. En los del papa se veía un brillo de locura - Ese cáliz pertenece a la iglesia - dijo alzando la voz –me pertenece pues yo soy el padre de esta iglesia. Debe ser mío pues con el ya no habrá ni emperadores ni reyes que cuestionen mi poder ni el de la iglesia, la palabra del santo padre será escuchada y obedecida en toda a cristiandad. Al poco todos los que hoy me discuten vendrán a mi y bajo mi mando único y conmigo a la cabeza iniciaremos la cruzada definitiva, la que liberará tierra santa de los infieles y estos ante la visión del poder del cáliz y del santo padre no tendrán mas remedio que arrodillarse ante la cruz y admitir que solo existe un dios verdadero y único, Jesucristo nuestro señor –Culmino su monologo extasiado, con los ojos perdidos en el infinito de sus pensamientos.

Segundos después despertó de aquel letargo y contemplo la cara del perfecto. Esperaba verlo emocionado como a el le había sucedido, sin embargo una sonrisa irónica se dibujaba en su desfigurado rostro.

Por que sonríes, acaso te ha hecho gracia mi parlamento. – Preguntó.

Me hace gracia comprobar que voy a morir en manos de un loco con ansias de grandeza – dijo con un hilo de voz.

A Inocencio III se le ensombreció la cara y apareció la ira en su rostro.

Veo que mis sirvientes no se han empleado a fondo contigo.

Chasqueó los dedos y levantó el brazo izquierdo con los dedos índice y anular extendidos. Al instante, como perros de presa, los monstruos que roían los hueso de su comida al fondo de la mazmorra se tensionaron, con los ojos exageradamente abiertos, expectantes a cualquier movimiento de aquellos dedos.

Desde que inicié la búsqueda del grial he cometido muchos y grandes pecados y se que la única manera de purgarlos será liberando Jerusalén. Inspiro profundamente y se santiguo. – Espero que Dios me guíe bien en mi camino pues si no nos veremos en el infierno. Dicho esto, en un movimiento rápido, bajo el brazo y los dedos extendidos apuntaron la puerta detrás de la cual estaban las niñas. El perfecto al darse cuenta grito con todas sus fuerzas mientras veía como los dos monstruos se abalanzaban gritando de júbilo y a la carrera sobre la puerta.

Cuando acaben con ellas tu morirás y te llevaras ese recuerdo al infierno –dijo el Papa tomando el camino de salida por la puerta del fondo.

Las niñas, desligadas de sus mordazas, gritaban y pataleaban mientras eran sacadas a rastras de la habitación. El perfecto, que gritaba y se movía desesperado intentando escapar de sus grilletes, veía como las despojaban de sus ropas, como babeaban y mordían las carnes puras de dos inocentes criaturas. Cerró los ojos, dejo de pelear y empezó a rezar a gritos para no escuchar lo que a pocos metros sucedía.

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