6 de septiembre de 2010

Bajo la oscilante luz de varios cirios, Inocencio III lacraba tembloroso la ultima de las tres cartas que había escrito durante la frenética noche que terminaba. Pensamientos de miedos, estrategias y planes a seguir tras el hallazgo de una pista en la búsqueda de su tesoro más preciado.

Se fijo en los sellos lacrados de las tres cartas y se imagino en el futuro, inmortalizado por uno de los grandes maestros pintores, con el aura de los santos y portando el dorado cáliz en su mano. Un cáliz que cual si fuera el sol lo iluminaba todo, haciendo brillar la armadura con la que revestiría su cuerpo para llevar a cabo la santa cruzada. Y por supuesto con la cruz en el pecho y la capa como sus amados y odiados templarios.

A sus pies, arrodillados y pidiendo perdón, miles de infieles de toda condición abrazando la fe verdadera. De repente la pintura del cáliz se diluye, su armadura se convierte en harapos y los infieles en todo tipo de demonios, bailando, fornicando y matando. Todos con los ojos puestos en el.

Dio un respingo en su butaca y miró asustado cada rincón de su oscura habitación. El cansancio jugaba con el pues su cuerpo ya no estaba preparado para pasar tantas horas sin descanso. Miró de nuevo las cartas, tomo aire y paso la mano extendida por la llama de una de las velas de su escritorio. Apretó los dientes al sentir la quemadura y se dijo a si mismo que aquel dolor no era nada comparado con el sufrido por los herejes torturados, ni por las pequeñas que dejó en la mazmorra a disposición de los monstruos que mantenía allí con vida, y por supuesto, aquel dolor seria insignificante comparado al eterno dolor que los demonios le infligirían en el infierno si no tenia éxito en su misión.

De nuevo le vinieron a la mente las dos niñas. La curiosidad le pudo durante unos instantes tras salir de la mazmorra aquella noche y miró por la puerta entreabierta. Ahora sabia que aquellos que el allí mantenía debían morir lo antes posible y que aquellas imágenes que vio por unos instantes lo acompañarían durante el resto de su vida. Se miró la pequeña quemadura y con renovadas energías se levanto de su butaca, cogió las cartas y se dirigió a la pared del fondo, la cual estaba cubierta por un enorme tapiz con dibujos sobre diferentes santos. Se metió las cartas en un bolsillo de su hábito y retiró parte del tapiz para dejar al descubierto una pequeña puerta. Quitó los pestillos que la mantenían cerrada y dejó camino libre a quien, durante horas, esperaba sentado en un pequeño taburete con la única compañía de una lámpara de aceite y los estrechos muros del pasillo secreto. Al momento cruzaba la secreta puerta una enorme figura cubierta por un oscuro manto. El encapuchado se arrodillo ante el Papa y le besó el anillo de la mano que este le ofrecía.

Quiere su santidad que le traiga más herejes occitanos – pronuncio con voz ronca.

No. Gracias a los métodos que tu mismo me recomendaste, este último ha sido muy satisfactorio. Ahora debemos variar el plan para acabar con los herejes y recuperar lo que es de la iglesia. Hizo una pausa y templo los nervios que siempre le producía la presencia de aquel extraño hombre. Cada vez que habría aquella puerta recordaba como a la semana de haber sido nombrado Papa fue despertado de madrugada por una mano que le tapaba la boca y le pedía con el máximo de los respetos que no gritara.

Como aquella mano no se retiró de su boca hasta que aquel individuo no le contó la historia de una orden dentro de la iglesia que no era ni de religiosos ni de caballeros.

Una orden de espías, de ladrones y asesinos al servicio de la iglesia, al servicio solo del santo padre. Una orden que obedecería cualquier misión que se le pidiera, costase lo que costase, puesto que sus vidas estaban por completo a su disposición. Dicho esto le entrego, para mayor de sus sustos, la empuñadura de un cuchillo cuya punta tenia dirigida directamente al corazón. Como os he dicho nuestras vidas os pertenecen. Su santidad decide, nosotros acatamos. Desde aquella noche la orden misteriosa le había servido de múltiples maneras siempre en los lugares más insospechados y de las maneras más increíbles. Ser Papa, se decía a si mismo, no era ni mucho menos lo que muchos se pensaban, puesto que el demonio tenia mil caras y se escondía en cualquier lugar. Así que aquellos hombres le permitían actuar de una manera que nunca habría imaginado. Y le gustaba.

Bien, toma asiento y escucha – le dijo señalando unas butacas mientras el ya se dirigía a ellas. Al sentarse el Papa saco las tres cartas mientras su oscuro acompañante se tiraba hacia atrás la capucha dejando al descubierto una descuidada melena y una espesa y sucia barba. Ante tal imagen el Papa puso cara de repugnancia a lo que el aludido contestó –Sabe su santidad que debemos pasar desapercibidos en sitios a los que dios no creo que llegue.

Inocencio III asintió con un gesto de su cabeza- Lo se hijo, lo se. Sin vosotros la iglesia no tendría ni ojos ni oídos en esos lugares para ver y saber lo que allí trama el diablo.

Tampoco tendría brazos para ejercer la justicia divina, su santidad – le recordó.

Volvió a asentir cerrando los ojos – Sois pocos pero el bien que le hacéis a la iglesia os abrirá de par en par las puertas del cielo.

Gracias padre, vuestras palabras reconfortan nuestro animo, decidme que he de hacer

El santo padre se acomodo y acarició con las yemas de los dedos uno de los sellos de las cartas.

Como se encuentran los preparativos de la cruzada contra los albigenses- Pregunto Inocencio III.

En pocos días partirán de Lyón su santidad.

Han acudido muchos fieles.

Se cuentan por miles su santidad.

Bien- dijo el Papa con tono satisfecho. Has de partir con rumbo a Lyón y entregar estas dos cartas. Una es para el Abad Arnau Amauri, y la otra para el valeroso y ambicioso Simón de Monfort. En ellas les doy claras instrucciones de cómo se debe llevar a cabo la cruzada y que cambios se realizaran sobre la marcha cuando surta efecto esta tercera carta que deberás entregar a Ramón VI conde de Tolosa.

En esta carta insto al conde hereje a unirse a la cruzada y así perdonarle por sus pecados. También le informo de las nefastas consecuencias que para el y los suyos seria no hacer caso a mis suplicas.

Si se niega – pregunto el espía.

Se que sabrás persuadir-lo de que no lo haga- le dijo con voz cortante.

Entiendo. Algo mas su santidad.- Pregunto mientras recibía de manos del santo padre las tres cartas.

Si. Reúne a tus mejores hombres y únete a la cruzada. Buscad a los herejes de todas las ciudades a las que lleguéis y preguntadles por el paradero del que ellos llaman el verdadero. Encontrad-lo y traédmelo ante mi presencia con todas sus pertenencias.

Y los demas herejes.

Quemadlos y así se irán acostumbrando al fuego del infierno. Además, aprovecharemos la cruzada para arrasar aquellas tierras y hacerlo salir de su escondite si todavía vosotros no lo habéis encontrado.

Si aun así no lo encontramos Padre

Entonces acompañareis a los cruzados allí donde vallan hasta dar con el maldito hereje – sentenció con voz crispada Inocencio III. Simón de Monfort sabrá como hacer para que salga de su escondite.

Como ordene su santidad – dijo confirmando su obediencia.

Inocencio se relajo, puso la mano sobre el hombro de su siervo y le tranquilizó. Desde que pusimos en marcha la cruzada, sacrificando al pretencioso e inútil parlanchín Pierre de Castelnau para convencer al engreído rey franco de que debía darnos su apoyo en la cruzada contra los albigenses, he estado sometido a mucha tensión. Ahora parece que por fin dan frutos todos nuestros esfuerzos.

Se avecinan tiempos felices, mi fiel servidor. Cuando el cáliz sea nuestro tu serás mi mano derecha en la cruzada que llevaremos a cabo para propagar la palabra del señor y ser mi mano derecha significa ser la mano derecha del señor.

Colocó la mano para que le besara el anillo y tras esto le indicó que podía marcharse.

Reforzado en sus creencias el oscuro personaje volvió a cubrirse la cabeza con la capucha y abandono la estancia con presteza. Tenía una misión que cumplir.

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